¿Por qué La Ciudad Pendiente?

Caminar por nuestras ciudades es experimentar una contradicción permanente. Vivimos en un territorio privilegiado por su entorno natural y su potencial, pero también en ciudades con banquetas insuficientes, espacios públicos desaprovechados, calles mal iluminadas y un crecimiento urbano que muchas veces responde a la urgencia del momento y no a una visión clara de futuro. De ahí nace el nombre de esta columna: La Ciudad Pendiente.

Pendiente no solo en el sentido técnico que entendemos quienes nos dedicamos a la arquitectura y al urbanismo —esa inclinación mínima que permite que las cosas funcionen—, sino pendiente como lo que aún falta por hacer, como la tarea colectiva que seguimos postergando. La ciudad pendiente es esa que sabemos que puede ser mejor, pero que todavía no termina de construirse con orden, criterio y sensibilidad social. No es una ciudad detenida solo por falta de recursos, sino por la ausencia de decisiones integrales, continuidad y una planeación entendida como política pública permanente, no como acción aislada.

Durante años hemos normalizado ciudades pensadas para resolver el presente inmediato: ampliar una vialidad sin considerar al peatón, autorizar desarrollos sin analizar su impacto futuro, intervenir espacios sin una visión integral. El problema no es una obra en particular; el problema es la falta de una cultura de planeación a largo plazo.

La ciudad no se construye solo con concreto, madera o tablaroca. Se construye con visión, reglas claras, responsabilidad técnica y compromiso social. Cada decisión urbana deja huella durante décadas, y cuando esas decisiones se toman sin análisis, sin coordinación, sin socialización, la consecuencia se vive todos los días en la movilidad, la seguridad, el paisaje y la calidad de vida.

La crítica bien entendida no busca señalar culpables, sino mejorar procesos. Cuestionar lo que no funciona no es atacar: es asumir la responsabilidad de abrir la conversación sobre cómo hacerlo mejor.

En la construcción de la ciudad participan autoridades, técnicos, desarrolladores y ciudadanos. Cuando alguno de estos actores se desconecta, el resultado es una ciudad fragmentada y desigual. Por eso, La Ciudad Pendiente busca entender los procesos, identificar errores que se repiten y proponer rutas posibles para corregirlos.

Las autoridades tienen un papel central: planear, regular y hacer cumplir. Pero ninguna ciudad mejora solo desde el gobierno.

Las ciudades que avanzan son aquellas donde existe una sociedad informada, participativa y exigente. Exigir no es oponerse, es involucrarse, preguntar, proponer y dar seguimiento.

También es importante decirlo: mejorar la ciudad no siempre requiere megaproyectos. Muchas veces basta con decisiones sencillas y bien pensadas: banquetas dignas, iluminación adecuada, árboles bien ubicados, señalética clara y espacios públicos diseñados para usarse. Cuando estas acciones se articulan dentro de una visión de largo plazo, la transformación comienza a ser real.

La Ciudad Pendiente no es una queja; es una posibilidad.

 

Columna por

Arq. Eloy Quintal Jiménez

Urbanismo – La Ciudad Pendiente

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