¿Cómo estás hoy?
Depresión, ansiedad y estrés son palabras que resuenan con frecuencia en redes sociales y espacios de autocuidado. Se intenta visibilizar aquello que muchas veces permanece invisible incluso para una misma: lo que se siente, pero no se nombra; lo que incomoda y pesa, pero se carga en silencio, a menudo por miedo a no encajar, por presión social o por la sensación persistente de no ser suficiente.
Esta es la realidad de muchas mujeres que desean ser madres, profesionistas, esposas y, ante todo, mujeres. Porque sí, las mujeres podemos ser lo que queramos ser; sin embargo, también necesitamos apoyo, atención y amabilidad. Necesitamos cultivar el amor propio y el autocuidado, ser bondadosas con nosotras mismas. Por ello, hoy te invito a detenerte un momento, a concederte una pausa y a preguntarte con honestidad: ¿Cómo estás hoy?
Vivimos en un mundo que nos exige estar en múltiples frentes al mismo tiempo. La inmediatez y la premura marcan el ritmo de la vida cotidiana. En el ámbito laboral, la productividad suele teñirse de competitividad, generando entornos que pueden tornarse hostiles. Esta competencia constante, cuando se vuelve desmedida, erosiona la colaboración, la confianza y el compañerismo, dando lugar a escenarios de alto estrés.
A ello se suma que, si además eres madre, esposa o hija, no solo enfrentas expectativas profesionales, sino también las del hogar. Las mujeres tendemos a la autoexigencia; históricamente, el espacio laboral no nos ha sido plenamente propio. Durante años se nos asignó el rol exclusivo de cuidadoras, por lo que, al intentar abrir nuevos horizontes, aparece la presión social de hacerlo de manera impecable, sin margen para el error.
Este estado de exigencia permanente activa una alerta constante que deriva en estrés y ansiedad, ya sea por resolver problemas o por anticipar escenarios futuros. Se está presente físicamente, pero la mente se encuentra en otro lugar. Esta mente divagante consume energía, favorece el malestar emocional, mental y físico —como el insomnio y el cansancio— y mantiene al cerebro en un círculo de activación continua que, paradójicamente, reduce la productividad y el desempeño.
El desgaste mental suele pasar desapercibido. Muchas veces se manifiesta como irritabilidad, desánimo, desgano, sensación de pesadez u olvidos frecuentes. Aparece entonces la culpa por no sentirse capaz, una culpa que se vive en silencio, pues al expresarla emergen etiquetas sociales como “mala madre”, “no competente” o “no profesional”, que se clavan como alfileres invisibles.
Hoy te invito a hacer una pausa. A detenerte y traer tu atención al aquí y al ahora. Regálate un respiro. Observa las sensaciones que acompañan a la inhalación y la exhalación. Siente tu cuerpo, recórrelo con atención desde los pies hasta la cabeza y nota si existe alguna tensión.
Muchas veces las emociones se expresan a través del cuerpo; escucharlo con atención nos permite identificarlas.
Cuando sabemos cómo nos sentimos, podemos darnos aquello que necesitamos. Algo que he aprendido es que las mujeres podemos con mucho, pero no con todo al mismo tiempo. Es válido no estar bien, es válido detenerse, pedir ayuda y cuidarse. La autocompasión es una forma de amor propio, es autocuidado. Cuida de ti.
Columna por
Psicól. Kathia Marroquín
Mindfulness – Semillas de Conciencia




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