Marty Supreme: una revolución cinematográfica

 

Marty Supreme es una experiencia tan única que no solo se ve, se sobrevive. El realizador Joshua Safdie (Heaven Knows What, Good Time, Uncut Gems) nos brinda su ópera prima solo, sin su hermano menor Benny Safdie, con quien había estado haciendo mancuerna desde siempre; una primera película que describo como agotadora, abrasiva y extraordinariamente viva, un descenso hacia la obsesión y la humillación profundamente estimulante; todo esto en Marty Supreme. Esta comedia deportiva es un viaje frenético que abraza el caos y el desgaste para convertirlos en su propósito de ser del protagonista.

El largometraje, nominado a 9 Premios Oscar este 15 de marzo, incluyendo Mejor Película, Director y Actor para el gran favorito a ganar, Timothée Chalamet, quien ya ganó el Critics Choice y el Globo de Oro, es un proyecto que se vino consumando durante varios años y que está inspirado libremente en el jugador de tenis de mesa Marty Reisman (interpretado por Chalamet). Reisman fue una figura legendaria del ping-pong estadounidense, conocido por su estilo audaz, su personalidad ágil y dinámica y su dominio competitivo en el deporte. La historia se desarrolla en los años 50 y sigue a este jugador, quien intenta convertirse en un campeón de ping-pong y convencer al mundo de que es un deporte en el que vale la pena poner atención, transformando lo que podría ser un biopic deportivo convencional en una odisea frenética sobre la obsesión y el espectáculo.

Marty Supreme agota, sacude y fascina a partes iguales. Una historia que transita entre la euforia, la comedia ácida y la tristeza más seca, haciendo que el espectador habite ese incómodo espacio donde nada es del todo admirable ni completamente despreciable; una cinta feroz, profundamente estimulante, un cine que te hace vibrar en cada momento, asfixiante en el mejor de los sentidos. Safdie vuelve a optar por primeros planos sobre el rostro de Chalamet, generando una sensación constante de urgencia, de que nada se frena, de que los problemas continúan y de que todo es profundamente improvisado, provisional, con la sensación de que está a punto de desmoronarse.

Musicalmente, la banda sonora es un acierto total: una mezcla de jazz experimental y ritmos percusivos que imitan el rebote constante de la pelota, elevando la ansiedad del espectador en los momentos clave, con sintetizadores modernos que rejuvenecen y llevan a la vanguardia narrativa.

La obra navega constantemente entre el orgullo y la humillación, entre la dignidad y la necesidad de arrastrarse para seguir avanzando. La película entiende el fracaso como un estado permanente hasta que no se cruce la línea de meta. Durante más de dos horas y media, la cinta se siente como el éxtasis de una historia de perdedores a quienes no dejan de salirles mal sus acciones. Todo avance es provisional, cada logro es inmediatamente erosionado por un nuevo tropiezo.

A esto le acompaña un apartado técnico con una resolución altamente sobresaliente; las escenas del tenis de mesa están filmadas con una precisión y nervio admirables: se consigue que cada punto importe. El espectador se preocupa, se tensa y se involucra en un partido de ping-pong, ya sea por Chalamet, por una poderosa banda sonora o por lo bien rodado y resuelto que está cada golpe a la raqueta. Es una historia frenética, llena de giros constantes. Nunca sabes cómo va a salir de una, pero siempre encuentra la forma, aunque sea para meterse en otra.

Estoy convencido de que, dentro de unos años, será considerada una película de culto. Aquí es donde Timothée Chalamet demuestra el talento descomunal que posee. Una actuación digna de Oscar, en una propuesta que ya huele tanto a clásico instantáneo como lo es este año Una batalla tras otra. Un clásico inmortal.

Columna por
Alejandro Silveira
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