La deserción universitaria, la deuda silenciosa del sistema educativo

Vivimos un tiempo desafiante para la educación superior en México. Más allá de los números, detrás de cada estudiante que deja una carrera hay una historia de sueños truncados, presiones económicas y decisiones que marcan un punto de inflexión en vidas jóvenes.

Ser director general de una institución de educación superior, no solo significa administrarla; implica sentir la responsabilidad de cada uno de nuestros estudiantes.

Los datos más recientes nos muestran una realidad que urge atención. De acuerdo con el INEGI, la tasa de abandono escolar en el nivel superior se ubicó alrededor del 6.0% durante el ciclo escolar 2023–2024, lo que implica que miles de jóvenes interrumpieron su formación universitaria antes de concluirla.

Si bien esta cifra puede parecer menor frente a otros niveles educativos, no debe minimizarse. Cada punto porcentual representa talento que el país deja de aprovechar, proyectos de vida que se diluyen y una deuda social que se acumula silenciosamente.

A este panorama se suma la limitada cobertura de la educación superior. Datos de la Secretaría de Educación Pública indican que en 2024 la tasa bruta de cobertura rondó el 43%, evidenciando que menos de la mitad de los jóvenes en edad universitaria logra acceder a este nivel educativo. Esta brecha obliga a reflexionar sobre el papel que juegan las instituciones de educación superior, particularmente las universidades privadas. En ellas recae una responsabilidad adicional: ofrecer opciones viables, flexibles y de calidad para una población estudiantil cada vez más diversa y vulnerable.

Según la ANUIES, las universidades privadas concentran cerca del 38% de la matrícula nacional en educación superior, lo que las convierte en actores clave para contener la deserción y ampliar el acceso educativo. Sin embargo, este peso estadístico debe traducirse en estrategias institucionales más sólidas. El factor económico sigue siendo una de las principales causas de abandono. Aun con esquemas de becas y apoyos, muchas familias enfrentan dificultades para sostener la inversión educativa, especialmente en contextos regionales donde el ingreso promedio es limitado.

No obstante, la deserción no responde únicamente a razones financieras. Una parte importante del problema se origina en la falta de orientación vocacional y en trayectorias académicas poco acompañadas. Muchos jóvenes ingresan a la universidad sin claridad sobre su proyecto de vida ni sobre las exigencias reales de la formación profesional. Aquí surge una de las grandes áreas de oportunidad para las universidades privadas: la atención personalizada. La cercanía institucional, los sistemas de tutoría y el seguimiento académico oportuno pueden marcar la diferencia entre la permanencia y el abandono.

Otra dimensión clave es la vinculación con el entorno productivo. Las instituciones que logran articular prácticas profesionales, estancias y empleabilidad temprana generan en el estudiante un sentido claro de propósito y pertenencia, elementos decisivos para su permanencia escolar. La deserción también refleja desigualdades regionales. Informes recientes muestran que los estados del sur del país presentan mayores tasas de abandono en educación superior, lo que exige políticas institucionales sensibles al contexto social y económico de cada región.

Desde la rectoría, atender este fenómeno no es una tarea administrativa, sino un compromiso ético. Implica diseñar modelos educativos flexibles, fortalecer el acompañamiento psicoemocional y establecer sistemas de alerta temprana que permitan intervenir antes de que el abandono ocurra. Las políticas públicas, como los programas de becas federales, han contribuido a reducir la presión económica sobre los estudiantes. Sin embargo, su impacto es mayor cuando se complementa con acciones institucionales que fortalezcan la identidad universitaria y el sentido de comunidad. También es indispensable revisar la calidad de la experiencia educativa. No podemos aspirar a retener estudiantes si los planes de estudio no dialogan con la realidad social, tecnológica y laboral que enfrentan las nuevas generaciones.

Desde una mirada analítica y comprometida, la deserción escolar en educación superior debe entenderse como un fenómeno multifactorial que exige respuestas integrales. No se resuelve solo con más matrícula, sino con mejores trayectorias formativas. Agradeciendo sus comentarios en: pachecobailonfernando@gmail.com

Columna por
Fernando Pacheco Bailón
Aula Abierta

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