Sin banquetas, no hay paraíso

En nuestras ciudades caminar implica descender a la calle, esquivar vehículos o enfrentar banquetas desniveladas, interrumpidas, con obstáculos o inseguras, situaciones que hemos normalizado, pero no es normal. Es el resultado de una ciudad que ha sido construida sin colocar a las personas como su prioridad en el diseño y construcción de la ciudad.

Una ciudad sin banquetas es una ciudad que pone en riesgo la vida. Porque caminar no es una actividad secundaria. Es el principio de toda vida urbana. Antes que conductores, todos somos peatones.

Sin embargo, durante décadas, nuestras ciudades han sido diseñadas desde una lógica equivocada: facilitar el movimiento del automóvil y la motocicleta, aunque eso signifique dificultar la vida de las personas.

El resultado es una ciudad fragmentada, con barreras, donde un adulto mayor pierde autonomía, donde una persona en silla de ruedas queda confinada, donde un niño no puede desplazarse con seguridad. No es solo una deficiencia técnica. Es una consecuencia directa de decisiones que no colocan al peatón en el centro de la planeación, los proyectos urbanos y la ejecución de la obra pública.

Esta realidad no es abstracta. Es cotidiana. Es el padre que toma a su hijo de la mano y debe caminar sobre la calle porque no existe banqueta. Es el adulto mayor que deja de salir porque el entorno dejó de ser seguro. Es la persona que simplemente no puede moverse con libertad en su propia ciudad. Cuando caminar se vuelve un riesgo, la ciudad deja de cumplir su función más esencial: proteger a quienes la habitan.

Pero el mundo ya demostró que es posible revertir esta lógica.

Copenhague transformó su centro priorizando al peatón y hoy es una referencia global de calidad de vida. Barcelona recuperó calles para las personas y revitalizó su economía urbana. Nueva York convirtió Times Square en un espacio peatonal y, lejos de afectar la actividad económica, las ventas comerciales aumentaron más del 70%. Y en nuestro propio estado, la Quinta Avenida de Playa del Carmen —que inicialmente enfrentó resistencia— terminó por convertirse en el eje económico, social y turístico más importante de la ciudad.

Estas transformaciones no fueron estéticas. Fueron estructurales. Porque una ciudad caminable es una ciudad más próspera, más saludable, más segura y más humana. Donde hay peatones, hay actividad económica. Donde hay actividad económica, hay vida urbana. Una ciudad caminable reduce el estrés, fortalece la convivencia y mejora la calidad de vida. Caminar no es solo una forma de moverse. Es la forma más básica de habitar la ciudad.

La pregunta inevitable entonces es si nuestras decisiones públicas están realmente alineadas con esta visión.

Con frecuencia escuchamos en el discurso público que el ciudadano es el centro de las decisiones, que el bienestar de las personas es la prioridad y que se gobierna con visión de futuro. Pero las ciudades no reflejan esas afirmaciones. Porque si el ciudadano fuera verdaderamente la prioridad, esa visión se reflejaría en lo más cotidiano: poder caminar con seguridad por su propia ciudad. La infraestructura peatonal no es un discurso. Es una evidencia, y cuando una ciudad no permite caminar con dignidad y sin temor, revela una distancia entre lo que se dice y lo que realmente se construye.

Cada calle que se desarrolla sin banquetas, cada avenida que prioriza exclusivamente al vehículo, cada espacio urbano que ignora al peatón, perpetúa un modelo que debilita la ciudad.

Las ciudades que tenemos hoy no son producto del azar. Son el resultado directo de decisiones acumuladas durante años, de lo que se priorizó y también de lo que se decidió posponer. Por eso, transformar la ciudad no comienza en el discurso, comienza en las decisiones concretas que definen cómo se construye y para quién se construye.

Dar ese giro implica mucho más que reconocer el problema. Implica recuperar gradualmente el espacio urbano para las personas, construir infraestructura peatonal continua y segura, reducir la velocidad en zonas urbanas y avanzar progresivamente hacia la peatonalización de áreas con vocación social y económica. Pero también implica algo más profundo: asumir, desde el origen, que la infraestructura peatonal debe ser una prioridad permanente de inversión pública. Porque el presupuesto no solo financia obras, define el tipo de ciudad que se construye. Mientras la infraestructura para el peatón siga siendo tratada como un elemento secundario, la ciudad seguirá reproduciendo los mismos riesgos y limitaciones. Transformar esta realidad exige convertir la accesibilidad peatonal en una política pública sostenida, capaz de construir no solo la ciudad que administramos hoy, sino la ciudad que queremos habitar mañana.

Porque la ciudad que construimos todos los días, es también la ciudad que decidimos permitir.

Y mientras nuestras ciudades sigan obligando a sus habitantes a caminar entre el riesgo y la vulnerabilidad, seguirán siendo, en el sentido más profundo, una ciudad pendiente.

Columna por
Arq. Eloy Quintal Jiménez
Urbanismo – La Ciudad Pendiente

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