Cuando el amor pone fronteras: educar con límites en la adolescencia

 

Hay una escena que se repite en muchos hogares: un hijo adolescente que dice “todos mis amigos sí van, menos yo” y unos padres que, por dentro, se preguntan si están siendo demasiado estrictos… o demasiado permisivos. En esa tensión cotidiana se juega una de las tareas más complejas de la crianza: poner límites sin romper el vínculo.

La adolescencia no es una tormenta que haya que sobrevivir; es un mar que hay que aprender a navegar juntos. Imagina un faro en la costa. El faro no impide nadar, pero marca hasta dónde es seguro hacerlo. El joven puede elegir dirección, ritmo y estilo, pero sabe que cruzar cierta línea implica riesgo. Eso es un límite sano: no es una jaula, es una referencia.

Aquí conviene hacer una distinción clave. No es lo mismo límite que limitante. El límite ofrece estructura y sentido; la limitante solo quita estímulos. Es decir “ya no puedes nadar nunca” o “te quito todos los dispositivos” sin reflexión ni diálogo puede ser un acto de autoridad, pero rara vez es un acto educativo. El límite, en cambio, se explica, se acompaña y se sostiene en el tiempo.

El psicólogo Erik Erikson, al hablar del desarrollo humano, recordaba que la adolescencia es la etapa de la búsqueda de identidad. En ese proceso, los jóvenes necesitan explorar, pero también necesitan marcos claros. Como escribió el pediatra y psicoanalista Donald Winnicott: “El niño necesita límites para sentirse seguro; sin ellos, el mundo se vuelve demasiado grande y amenazante.” Cambia “niño” por “adolescente” y la idea sigue siendo igual de verdadera.

Antes de hablar de límites, conviene mirarnos al espejo y preguntarnos: ¿qué tipo de padres estamos siendo? Están los padres permisivos, a quienes les cuesta decir “no” y confunden amor con ausencia de frustración. Están los padres autoritarios, rígidos, que gobiernan desde el miedo o el control. Están también los padres ausentes, los más peligrosos en esta etapa, porque no ofrecen ni presencia ni estructura. Y están los padres que podríamos llamar “buenos padres”: No perfectos, pero sí claros, presentes y coherentes, capaces de combinar afecto con firmeza.

La psicóloga Diana Baumrind, referente en estilos de crianza, mostró que el estilo más saludable no es ni el permisivo ni el autoritario, sino el autoritativo: aquel que combina calidez emocional con reglas claras. Es decir, cercanía sin perder dirección.

Para caminar en esa línea fina, hay 5 claves que valen oro:
La primera es la escucha afectiva, es decir, escuchar de verdad, con toda tu atención puesta en tu adolescente, sin distracciones, como si cada palabra fuera importante.
La segunda clave es la comunicación afectiva: no solo importa lo que tu hijo dice, sino lo que tú transmites, la confianza que le ofreces con tus palabras y tus gestos.
La tercera clave es la coherencia: no puedes exigir que tu hijo respete límites si tú no eres coherente con ellos.
La cuarta es la claridad en lo que se espera: muchos conflictos nacen de expectativas no dichas o no entendidas.
Y la quinta, la más importante de todas, es el amor. Porque poner límites no es un acto de frialdad, es un acto de cuidado y de amor profundo.

Como bien decía Viktor Frankl, “el amor no consiste en mirar al otro, sino en mirar juntos en la misma dirección”. Educar con límites es, en el fondo, enseñar a nuestros hijos a vivir con responsabilidad y libertad a la vez.

Así que la próxima vez que te preguntes si estás siendo demasiado estricto o demasiado permisivo, recuerda que el verdadero equilibrio se encuentra en ese amor que pone fronteras para que, algún día, ellos mismos puedan navegar solos, seguros y con dirección.

Columna por
Mtro. Adolfo Arista Limón
Entiende tu mente

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