La tensión entre Estados Unidos y China aumentó a un mes de la prevista visita del presidente estadounidense Donald Trump a Pekín el 31 de marzo, luego de que el gobierno chino condenara los ataques militares contra Irán y la muerte del ayatolá Ali Jameneí.
El ministro de Relaciones Exteriores chino, Wang Yi, calificó como inaceptable el asesinato del líder iraní y advirtió, en conversación con su homólogo ruso, que Washington empuja a Medio Oriente hacia el abismo. China y Rusia solicitaron una reunión de emergencia del Consejo de Seguridad de la ONU.
El conflicto impacta directamente los intereses energéticos de Pekín. China adquiere alrededor del 13.4 por ciento de su crudo de Irán y más de una décima parte de las exportaciones petroleras iraníes tienen como destino el gigante asiático. El tránsito por el Estrecho de Ormuz, que concentra una cuarta parte del comercio marítimo de petróleo, se ha visto afectado.
Analistas como George Chen, de The Asia Group, advierten que la escalada reduce las expectativas de resultados sustantivos en la cumbre Trump Xi. Además, la inestabilidad podría fortalecer la relación energética entre China y Rusia.
La crisis coincide con las sesiones parlamentarias anuales en Pekín, donde se definirá la meta de crecimiento económico para 2026, en un entorno marcado por investigaciones a altos mandos militares y desafíos internos como la desaceleración inmobiliaria.





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