Una ciudad frente al mar que decidió no mirarlo

Pocas ciudades tienen una relación geográfica tan privilegiada como Chetumal. La ciudad creció frente a una amplia bahía que le da identidad, paisaje y horizonte. Sin embargo, durante décadas hemos vivido como si no estuviera ahí. ¡Y no siempre fue así.!

Los orígenes de Chetumal estuvieron profundamente ligados al mar. La bahía fue durante mucho tiempo una puerta de comunicación con el Caribe y con el mundo. Las primeras actividades económicas importantes de la región —el comercio, la explotación de maderas preciosas, el chicle, el intercambio con Belice y otras regiones— encontraron en la bahía una vía natural para desarrollarse. El mar no era simplemente un paisaje: era una infraestructura viva que conectaba a la ciudad con su entorno regional e internacional.

Los primeros habitantes entendieron ese valor, vivían con la bahía, trabajaban con ella y la utilizaban como una extensión natural de la ciudad.

Hoy Chetumal sigue estando frente a la Bahía, pero difícilmente puede decirse que viva de ella. Para muchos, la bahía es un lugar para caminar por el Boulevard observar el horizonte o disfrutar la brisa de la tarde, para pasear en auto o moto y ocasionalmente es escenario de torneos de pesca y algunas actividades recreativas. Más allá de eso, su presencia en la vida económica, científica o urbana de la ciudad es limitada.

Chetumal convive todos los días con la bahía, pero todavía no ha terminado de incorporarla plenamente a su vida. ¿Por qué ocurrió esto?

Tal vez parte de la respuesta se encuentre en la memoria colectiva de la ciudad. La devastación provocada por el Huracán Janet (1955) dejó una huella profunda en la historia local. La destrucción de amplias zonas bajas y el desplazamiento de muchos habitantes hacia áreas más altas pudieron haber generado, con el paso de los años, una relación más cautelosa con el mar.

No se trata de afirmarlo como una única explicación, pero es posible que experiencias como esa hayan contribuido a que la ciudad, poco a poco, desarrollara una actitud más defensiva frente a la bahía.

Si así fue, la reacción fue comprensible en su momento. Sin embargo, setenta años después, vale la pena preguntarnos si esa distancia sigue teniendo sentido. Porque la bahía no es solamente un recuerdo histórico ni un paisaje contemplativo, también representa una oportunidad que la ciudad apenas ha comenzado a imaginar.

En sus aguas existen posibilidades para el desarrollo de actividades náuticas, turismo especializado, flyfishing, flujo de embarcaciones internacionales, investigación marina y proyectos científicos de gran relevancia.

La bahía podría ser mucho más que el horizonte que observamos desde el malecón: podría convertirse en uno de los motores del futuro de la ciudad.

En muchas partes del mundo, los frentes de agua se han transformado en espacios urbanos vibrantes. Se integran viviendas, hoteles, marinas, centros de investigación y actividades culturales. Se diseñan ciudades que aprovechan sus vistas al agua, que redensifican inteligentemente sus zonas costeras (zonas bajas) y convierten el mar en parte activa de su vida urbana.

En cambio, en Chetumal todavía resulta difícil encontrar edificios que miren directamente hacia la bahía o proyectos urbanos que aprovechen plenamente su potencial. Incluso para quienes visitan la ciudad, el mar suele aparecer más como un fondo paisajístico que como una experiencia urbana completa.

Reconciliarnos con la bahía no significa olvidar las lecciones del pasado. Significa aprender a convivir con el mar que siempre ha estado frente a nosotros. Una ciudad costera necesita formar generaciones que entiendan el valor del agua que la rodea: educación ambiental, actividades náuticas, conocimiento del ecosistema y una identidad urbana que vuelva a reconocerse como ciudad marítima.

Pero también exige volver a mirar con otros ojos la parte baja de la ciudad, con planeación resiliente, infraestructura adecuada y visión de futuro, esta zona y el frente de la bahía puede recuperar vitalidad a través de vivienda, actividad comercial, navegación recreativa, pesca, investigación científica y tecnología vinculada al mar.

Tal vez el futuro de Chetumal no dependa solamente de cuánto crezca hacia el interior, sino de cuánto sea capaz de reencontrarse con la bahía que le dio origen. Esa reconciliación no es únicamente tarea de los gobiernos o de los urbanistas. También es una tarea colectiva. Implica que los propios chetumaleños volvamos a sentir la bahía como parte viva de nuestra ciudad, recuperando la vitalidad de la zona baja y que volvamos a mirar el mar como una oportunidad de desarrollo, de identidad y de futuro.

El cambio puede iniciar con un gesto sencillo. La próxima vez que caminemos por el boulevard y nos sentemos, esta vez miremos a la bahía, por que mientras sigamos dándole la espalda Chetumal seguirá siendo una Ciudad Pendiente.

Columna por:

Arq. Eloy Quintal Jiménez

La Ciudad Pendiente

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