“No pienses en eso”, “no te estreses”, “piensa positivo”, “mira el lado bueno”, “al mal tiempo, buena cara”, “no te quejes”, “hay gente que la está pasando peor que tú”, “sonríe”, “no pasa nada”.
Son frases que parecen inofensivas porque invitan a “ver lo positivo”. Pero, cuando se vuelven constantes, pueden convertirse en una forma sutil de invalidación emocional.
¿Qué ocurre cuando nos dicen repetidamente que no sintamos lo que sentimos? ¿Qué impacto tiene en ti? ¿Alguna vez te dijeron algo parecido? ¿Cómo te hizo sentir?
Eso no es autocuidado.
El autocuidado no consiste en pintar todo de color de rosa ni en apagar las emociones incómodas. Tampoco exige que estés bien todo el tiempo. El autocuidado es detenerte y mirar hacia dentro para preguntarte qué necesitas. Es escucharte sin juicio. Es poner límites. Es alejarte de espacios donde no te sientes valorada. Es permitirte sentir sin culpa.
A veces implica aceptar lo que no puedes cambiar; otras, tomar decisiones valientes. En esencia, el autocuidado es darte aquello que necesitas para estar bien, aunque sea incómodo reconocerlo.
En la experiencia de muchas mujeres, el autocuidado se vuelve aún más complejo. Cuando una mujer decide trabajar, crecer profesionalmente y, al mismo tiempo, sostener responsabilidades familiares o domésticas, suele enfrentarse a juicios y comentarios como: “¿no que querías trabajar?”, “¿por qué te quejas?”, “querían igualdad”.
El cansancio se minimiza. El malestar se esconde. La exigencia se normaliza.
La positividad excesiva tampoco es autocuidado. Decir “todo está bien” cuando no lo está solo profundiza la desconexión interior. El verdadero cuidado empieza cuando reconoces honestamente cómo te sientes.
Recuerda: puedes con mucho, pero no con todo al mismo tiempo.
Ponerte primero no es egoísmo; es responsabilidad emocional.
Pausar no es retroceder; es regularte.
Descansar no es fracasar; es sostenerte.
La sororidad también es autocuidado. Acompañarnos, validarnos, escucharnos sin competir. Cuando una mujer cuida de sí misma, modela permiso para que otras también lo hagan. Cuidarnos entre nosotras fortalece el tejido emocional colectivo.
Como expresó Audre Lorde:
“Cuidar de mí misma no es autoindulgencia, es preservación propia, y eso es un acto de guerra política”.
El autocuidado, en este sentido, también es una postura ética: reconocer que tu bienestar importa en una cultura que muchas veces ha esperado que las mujeres se posterguen.
Hoy quiero recordarte algo esencial: tu valor no depende de cuánto produces ni de cuántos roles sostienes, sino de quién eres. Cuidarte no es un lujo; es una base.
En marzo, mes en el que conmemoramos el 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, honramos a quienes caminaron antes que nosotras. Gracias a su valentía, hoy contamos con derechos, voz y presencia en espacios que antes nos fueron negados. Honrar su lucha también implica liberarnos de exigencias internas que nos encadenan a la autoexigencia permanente.
La libertad no solo es externa; también es interna.
Como escribió Virginia Woolf:
“No hay barrera, cerradura ni cerrojo que puedas imponer a la libertad de mi mente”.
Te propongo un gesto sencillo para iniciar el día: al levantarte, colócate frente al espejo. Pon tu mano derecha sobre el corazón, respira profundo y repite en silencio: “Deseo estar bien. Deseo estar segura”. Hazlo dos veces. Permite que la frase se asiente en tu cuerpo. No es una imposición; es una intención consciente.
Recuerda: crece, florece y permanece lo que se cuida.
Columna por
Psico. Kathia Marroquín
Mindfulness – Semillas de Conciencia





Deja un comentario