Cómo las palabras de la infancia siguen influyendo en la forma en que te hablas hoy.
Imagina la siguiente escena: Un niño o una niña sirve limonada en la mesa. Al llenar el vaso de más, el líquido se derrama. Un adulto que está cerca le dice con molestia: “eres torpe”, “deberías tener más cuidado”. Después lo aparta y comienza a limpiar.
Tal vez parece un momento pequeño, incluso cotidiano. Sin embargo, cuando comentarios así se repiten una y otra vez, pueden quedarse grabados en la memoria de quien los escucha. Con el paso del tiempo, esas palabras comienzan a transformarse en algo más silencioso: una voz interna.
Años después, cuando cometemos un error, cuando dudamos de nosotros mismos o cuando estamos por intentar algo nuevo —como emprender o salir de la zona de confort— esa voz puede aparecer. A veces llega como un susurro, otras como una crítica directa: un pensamiento que evalúa, juzga o cuestiona.
Esa es nuestra voz interior.
Muchas veces creemos que esa voz es completamente nuestra. Sin embargo, gran parte de lo que nos decimos a nosotros mismos tiene raíces en lo que escuchamos durante la infancia.
El psicólogo del desarrollo Lev Vygotsky explicó que el diálogo interno se forma a partir de las interacciones con otras personas, especialmente con quienes nos cuidaron o educaron. Con el tiempo, esas voces externas se convierten en nuestra propia manera de hablarnos.
La buena noticia es que, así como esa voz se aprendió, también puede transformarse.
Aquí es donde prácticas como el mindfulness y la autocompasión pueden ayudarnos. El mindfulness nos invita a observar nuestros pensamientos con curiosidad, sin reaccionar de inmediato. Nos permite notar cómo nos hablamos, reconocer el tono de esa voz y darnos cuenta de que un pensamiento no siempre es una verdad absoluta.
La autocompasión, por su parte, nos abre la posibilidad de responder con mayor amabilidad hacia nosotros mismos.
Para comenzar, puedes intentar este pequeño ejercicio:
Cuando notes un pensamiento en tu mente, detente un momento y obsérvalo. Pon atención a su tono y a su contenido. No intentes cambiarlo todavía. Solo obsérvalo.
Después toma tres respiraciones profundas y pregúntate:
¿Esta voz me recuerda a alguien?
¿Es una voz que me anima o que me juzga?
¿Cómo me hace sentir?
Este simple acto de observación puede ayudarte a tomar distancia de tus pensamientos y reconocer que son creaciones de tu mente, no necesariamente hechos.
Con el tiempo, puedes practicar transformar algunas de esas frases internas. Por ejemplo, en lugar de decir “soy una tonta”, podrías probar con una nueva interpretación:
“tengo derecho a equivocarme y puedo aprender de esto”.
No se trata de borrar el pasado —eso sería imposible— sino de aprender a narrarnos de una forma más comprensiva, como lo haríamos con alguien a quien queremos y cuidamos.
En abril, cuando en México celebramos el Día del Niño, tal vez también podamos dedicar un momento a mirar hacia dentro.
Todos llevamos la historia de un niño o una niña que alguna vez fuimos. Y muchas veces, nuestra voz interior sigue hablando desde esas experiencias.
Hoy puedes hacer una pausa, conectar con tu respiración y preguntarte:
¿Qué frase amable le diría hoy a ese niño o niña que fui?
¿Y qué palabras necesito escuchar hoy?
Me gustaría cerrar con una reflexión de Viktor Frankl:
“Entre el estímulo y la respuesta hay un espacio. En ese espacio se encuentra nuestra libertad y nuestra capacidad de elegir nuestra respuesta”.
Tal vez no podamos cambiar las palabras que escuchamos en el pasado, pero sí podemos elegir cómo hablarnos hoy.
¿Con qué voz quieres acompañarte a partir de ahora?
Recuerda:
Crece, florece y permanece lo que se cuida.
Columna por
Psico. Kathia Marroquín
Mindfulness – Semillas de Conciencia





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