La carga invisible: reconocer para poder soltar

Por: Psico. Kathia Marroquín

¿Te ha pasado que terminas el día completamente agotada sin saber exactamente por qué? Quizá no realizaste una actividad física extenuante, pero sientes que el cuerpo pesa, la mente no se detiene y la energía parece no alcanzar para todo lo que tienes por hacer. Tal vez te cuesta concentrarte, te sientes abrumada por la cantidad de pendientes o, al llegar la noche, los pensamientos siguen dando vueltas sin permitirte descansar.

Esta experiencia es más común de lo que imaginamos. Más allá de las tareas visibles del día a día, muchas mujeres sostienen una agenda mental permanente: recordar la cita del pediatra, preparar el vestuario para una presentación escolar, anticipar las necesidades de la familia, coordinar horarios, organizar actividades y prever posibles imprevistos. Se trata de un trabajo cognitivo constante de planificación, organización y gestión de la vida cotidiana que, con frecuencia, recae de manera desproporcionada sobre las mujeres.

Esta carga silenciosa rara vez recibe reconocimiento. Sin embargo, el hecho de que no sea evidente para los demás no significa que no exista. La mente no tiene un botón de apagado, y mantenerla en alerta constante puede generar consecuencias importantes para la salud física y emocional.

Con el tiempo, esta sobrecarga puede traducirse en fatiga mental, dificultades para concentrarse, olvidos frecuentes, irritabilidad, ansiedad, estrés e incluso una sensación persistente de agotamiento que parece no mejorar, aun después de descansar.

La fatiga mental es una realidad. Sin embargo, al no manifestarse de forma tan visible como una lesión física, suele pasar desapercibida o ser minimizada. Muchas mujeres aprenden a convivir con ella, normalizando el cansancio y asumiéndolo como parte inevitable de sus responsabilidades.

En ocasiones, la carga es tan constante que ni siquiera alcanzamos a reconocer todo lo que estamos sosteniendo. Solo percibimos sus efectos: tensión en los hombros, rigidez en el cuello, dolores de cabeza, sensación de pesadez o una dificultad creciente para disfrutar aquello que antes nos resultaba significativo.

Muchas mujeres no hablan de este agotamiento porque consideran que forma parte de sus obligaciones. Como consecuencia, encontramos maternidades que se viven con culpa en lugar de disfrute, empleos que desgastan más de lo que enriquecen y relaciones en las que el cuidado parece fluir en una sola dirección.

La realidad es que quien sostiene también necesita ser sostenida.

Pero ¿cómo pedir ayuda para algo que pocas personas pueden ver?

Primero, reconociendo que tu cansancio es real.

Reconocerlo no es una señal de debilidad; es un acto de honestidad contigo misma. Nombrar aquello que estás viviendo es el primer paso para comenzar a cuidarte.

Antes de intentar resolver todos los pendientes, puede ser útil detenerte unos minutos y escuchar lo que tu cuerpo tiene para decirte. A menudo, las señales que ignoramos durante el día se vuelven más claras cuando les prestamos atención.

Te invito a realizar un breve ejercicio de consciencia corporal.

Probemos ahora.

Cierra los ojos o dirige suavemente tu mirada hacia un punto fijo frente a ti.

Realiza tres respiraciones profundas y lleva tu atención al cuerpo.

Comienza observando tus pies. Nota cualquier sensación presente y, poco a poco, dirige tu atención hacia los tobillos, las piernas y los glúteos.

Continúa recorriendo tu cuerpo lentamente. Lleva tu atención al abdomen, la espalda, el pecho, los hombros, los brazos y las manos. Observa si aparece alguna sensación: calor, frío, tensión, cosquilleo, presión, picazón o cualquier otra experiencia corporal.

No intentes cambiarla ni eliminarla. Simplemente obsérvala.

Recorre tu cuerpo con curiosidad y amabilidad, como si utilizaras un escáner que te permite reconocer lo que está presente en este momento.

Cuando llegues a la cabeza, presta atención a las sensaciones de tu rostro, mandíbula, ojos, frente y coronilla.

Permanece unos instantes observando.

Después, inicia lentamente el recorrido de regreso desde la cabeza hasta los pies.

Si encuentras alguna zona especialmente incómoda o dolorosa, intenta dirigir tu respiración hacia ella, imaginando que el aire llega suavemente a ese lugar. Si la sensación aumenta o resulta demasiado intensa, vuelve tu atención a la respiración y al movimiento natural de tu cuerpo al inhalar y exhalar.

Cuando te sientas lista, continúa el recorrido corporal.

Al finalizar, realiza tres respiraciones profundas y regálate una sonrisa por haberte dedicado estos minutos. Por atenderte. Por escucharte. Por cuidarte.

Si durante este ejercicio descubriste alguna incomodidad que no habías notado antes, quizá tu cuerpo estaba intentando comunicarte algo.

Escúchalo antes de que tenga que gritarlo.

Con frecuencia queremos soltar aquello que nos pesa sin detenernos a reconocerlo primero. Sin embargo, no podemos liberar lo que no hemos identificado.

Reconoce. Nombra. Suelta.

Y pregúntate con honestidad: ¿qué parte de esta carga realmente me corresponde? ¿Qué puedo delegar? ¿Qué puedo compartir? ¿Qué expectativas necesito revisar?

Mucho de lo que cargamos lo hemos asumido como una obligación incuestionable, cuando en realidad podría distribuirse de una manera más justa y saludable.

La carga mental existe. Es real. Y forma parte de la experiencia cotidiana de muchas mujeres.

No tienes que seguir sosteniéndolo todo sola.

Tal vez no puedas soltar toda la carga hoy. Pero sí puedes comenzar por reconocer aquello que llevas sobre los hombros. Porque tú también mereces descanso, cuidado y apoyo.

Cuida de ti.

Columna por
Psico. Kathia Marroquín
Mindfulness – Semillas de Conciencia 

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