Cada cambio de sección representa mucho más que un avance académico. Es una transición emocional que también invita a los padres a crecer junto con sus hijos.
Hay momentos que los padres de familia esperamos con enorme emoción: ver a nuestros hijos con un uniforme nuevo, una mochila recién estrenada o conocer el salón donde pasarán el siguiente ciclo escolar. Son escenas que llenan de orgullo porque representan crecimiento y nuevos logros.
Sin embargo, en medio de esa alegría, pocas veces nos detenemos a preguntarnos: ¿qué está sintiendo mi hijo al iniciar esta nueva etapa?
Para un adulto, cambiar de sección puede parecer un proceso natural. Pero para un niño o un adolescente representa mucho más que ocupar un salón diferente. Significa despedirse de maestros con quienes creó vínculos, separarse de compañeros que formaban parte de su rutina, adaptarse a nuevas reglas, asumir mayores responsabilidades y enfrentarse a un entorno desconocido.
Cada transición escolar implica un proceso de adaptación que también tiene un impacto emocional.
Erik Erikson explicaba que cada etapa del crecimiento representa un desafío que contribuye a la construcción de la identidad. Desde esta perspectiva, pasar de preescolar a primaria, de primaria a secundaria, de secundaria al bachillerato o del bachillerato a la universidad no es simplemente avanzar de grado; es atravesar una nueva etapa de desarrollo personal.
Pero esta transición no solo la viven los hijos. También la vivimos los padres.
Con frecuencia seguimos viendo a nuestros hijos desde la etapa que acaban de dejar. Nos cuesta reconocer que han crecido, que requieren nuevos espacios de autonomía y que necesitan experimentar por sí mismos los retos propios de su edad.
John Bowlby sostenía que una base segura no es aquella que impide explorar el mundo, sino aquella que brinda la confianza suficiente para hacerlo. Acompañar a nuestros hijos no significa resolverles el camino, sino permanecer disponibles mientras ellos aprenden a recorrerlo.
Por ello, durante estas transiciones, el reto para las familias no consiste en ejercer mayor presión, sino en ofrecer mayor acompañamiento. Acompañar significa escuchar antes de corregir. Comprender antes de exigir. Orientar antes que controlar.
Como psicólogo educativo y después de varios años acompañando a estudiantes, docentes y familias dentro de instituciones educativas, he podido confirmar que las transiciones escolares no requieren padres más exigentes, sino padres más presentes.
No es momento de centrar nuestra atención únicamente en aquello que nuestros hijos hicieron mal o en los resultados que esperamos obtener de inmediato. Es momento de ayudarlos a descubrir las oportunidades que trae consigo esta nueva etapa, fortaleciendo su autoestima, su autonomía y su capacidad para enfrentar nuevos desafíos.
Quizá, en este inicio de ciclo escolar, la pregunta más importante no sea: ¿En qué grado va mi hijo?, sino: ¿Cómo está viviendo esta nueva etapa de su vida?
Porque, al final, un cambio de grado representa mucho más que un avance académico. Es un paso más en la construcción de la persona que llegará a ser.
Y como padres, nuestro papel no consiste en recorrer ese camino por ellos, sino en caminar a su lado hasta que tengan la confianza suficiente para recorrerlo por sí mismos.
Columna por:
Mtro. Adolfo Arista Limón
Psicólogo Educativo | Director Escolar | Maestro en Ciencias de la Familia para la Consultoría
Psicología | Entiende tu mente





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