Expulsamos a los niños de la ciudad y ahora culpamos a la pantalla

 

Hay una afirmación que repetimos entre padres, maestros, amigos y políticos: que la tecnología nos está robando a los niños.

Después de leer algunos estudios serios creo que es falsa, o al menos, está incompleta de una forma que nos conviene.

Nadie le arrebató la calle a esta generación, nosotros se la quitamos primero, y el celular solo llegó a ocupar el hueco que dejamos.

Piénselo con honestidad. ¿Por qué los parques de las ciudades están semivacíos a las seis de la tarde? No es porque un algoritmo hipnotizó a los niños. Es porque construimos una ciudad donde una madre ya no deja salir sola a su hija (por inseguridad); donde la banqueta se volvió estacionamiento o está obstaculizada por el consentimiento impune de los inspectores de vía pública. Donde el parque que era cancha hoy tiene barda y las rayas del límite de juego se han borrado. Donde el ocio se privatizó y cuesta al estilo Flip Out o Intrépoli. Vaciamos el espacio público de infancia —por miedo, por diseño, por descuido— y luego nos indignamos de que la pantalla lo llenara.

La flecha no va de la pantalla a la calle vacía. Va de la calle vacía a la pantalla. ¿Desde cuando no ves en tu ciudad la reta del futbol, la cascarita de 21 o el timbomba? Y si nos vamos más atrás, el trompo, la matatena, el bote pateado.

Y no son pocas horas en la pantalla. Según la ENDUTIH 2023 del INEGI, un adolescente mexicano de 12 a 17 años pasa en promedio 4.7 horas diarias frente a una pantalla; de los 18 a los 24 años, la cifra sube a 5.9 horas —más de dos mil cien horas al año. Es más tiempo del que pasará en un aula. La pregunta incómoda es: ¿qué dejó de hacer en esas horas, y por qué no había nada mejor esperándolo afuera?

Porque aquí hay que decirlo aunque nos incomode: buena parte de la responsabilidad está en la mesa del comedor. La misma familia que se escandaliza con Silicon Valley fue la que instaló la tablet como niñera para poder trabajar la doble jornada que esta economía exige, una economía donde tanto Papá como Mamá se ven en la necesidad de trabajar. No es un reproche moral: es la descripción de una trampa. Pero mientras finjamos que el enemigo vive en California y no también en nuestra sala, no vamos a resolver nada.

Ahora bien, no seamos ingenuos en sentido contrario.

Cada generación ha jurado que la nueva tecnología afectaría a sus hijos. Lo dijeron de la radio, de la computadora, de la televisión, del walkman y si hasta en su momento del rock. Casi siempre se equivocaron, en algunos casos esa tecnología unidireccional hasta nos hacía convivir o imaginar la radionovela. Así que la pregunta honesta no es «¿la pantalla es mala?», sino «¿qué es medible y distinto esta vez?».

Y algo sí es distinto. La televisión no sabía quién eras. No aprendía de ti. No ajustaba cada segundo de contenido para mantenerte un minuto más, la radio no te restaba creatividad, ni la computadora estimulaba compartir tu privacidad diaria. El teléfono sí. La recompensa variable —ese golpe de dopamina impredecible, el mismo mecanismo de las máquinas tragamonedas— y el scroll infinito no son accidentes de diseño: son el diseño. No competimos contra un aparato. Competimos contra un sistema que estudia a nuestros hijos mejor de lo que nosotros los estudiamos.

Pero incluso aquí conviene matizar, porque la honestidad es lo que hace fuerte a un argumento: la pantalla no es solo jaula. También es herramienta. Muchos de los mejores programadores, diseñadores y artistas que tendrán las ciudades nacieron frente a un monitor. El problema no es el dispositivo. Es que lo entregamos sin oficio, sin límites, sin preocupación, sin comunidad y sin espacio público que le hiciera contrapeso.

Porque esto es lo que de verdad está en juego, y va más allá de los niños.

Los adolescentes que hoy pasan cinco horas deslizando el dedo serán, en quince años, quienes elijan a los presidentes municipales, administren empresas y la ciudad y decidan su futuro, probablemente. No estamos formando una generación de perezosos. Estamos formando una generación entrenada para consumir y desentrenada para crear. Y las ciudades del futuro no competirán por tener más plazas comerciales. Competirán por talento. Las que generen científicos, técnicos, programadores, artistas y emprendedores liderarán. Las demás vivirán de lo que otros inventen, comprando el futuro en lugar de construirlo.

¿Tu ciudad, por ahora, a cuál categoría va? ¿A la segunda? Y no por falta de baches atendidos.

Seguimos midiendo el progreso de esta ciudad en toneladas de asfalto. Pavimentación, alumbrado, bacheo, otra glorieta, parques alfombrados, escenografías retóricas, ciclopistas, trenes y rutas de transporte urbano. Temas reales, no lo niego, como urbanista seguiré en el tema, pero ninguna luminaria ha vuelto creativo a un niño, ninguna glorieta ha formado a un ingeniero y ningún bache tapado ha hecho un neuropediatra. El verdadero atraso de una ciudad no se mide en kilómetros de carretera que le faltan. Se mide en el talento que es incapaz de desarrollar en su propia gente, cultura y educación, la referencia de lo que realmente mide nuestra evolución.

Y esto no es una corazonada: es política pública probada. La UNESCO documentó que los países que restringen el celular en la escuela pasaron de 60 a finales de 2023 a 79 a inicios de 2025 —Francia desde 2018, Países Bajos, Brasil apenas este año. No son tecnófobos: son sistemas educativos que leyeron la evidencia. Y la evidencia es contundente. El estudio más citado del mundo, de la London School of Economics, siguió a 130 mil alumnos en 91 escuelas inglesas: tras prohibir el celular, las calificaciones subieron 6.4%, y en los estudiantes de más bajo rendimiento el salto fue del 14% —el doble. Los autores lo resumen brutal: quitar el teléfono del aula es una de las formas más baratas de reducir la desigualdad educativa. Le ayuda más, precisamente, al que menos tiene.

Pero —y aquí está la parte que casi nadie quiere oír— prohibir el celular en la escuela no basta. Un estudio reciente en el Reino Unido, el SMART Schools, evaluó con rigor a más de mil doscientos adolescentes en treinta escuelas y encontró algo incómodo: restringir el teléfono solo en el horario escolar no mejoró por sí solo su salud mental. ¿La razón? El tiempo total de pantalla no bajó; solo se movió de lugar. El niño soltaba el teléfono en el aula y lo recuperaba entero al cruzar la puerta, porque afuera no lo esperaba nada.

Y esa es exactamente la tesis de fondo. El aula sola no puede. La escuela puede quitar el teléfono seis horas, pero si al salir el niño encuentra una calle hostil, un parque con candado y una casa vacía, el aparato gana por default. El problema nunca fue solo escolar, también es urbano.

Que están haciendo en otras ciudades del mundo con resultados favorables al balance entre desarrollo humano y tecnológico:

Ciudades de todo el mundo ensayan formas de recuperar el espacio público y acotar la vida digital de la infancia. En urbanismo lúdico, Austin designó en 2024 una “calle de juego” cerrada temporalmente al tráfico; San Francisco (Play Streets) y Nueva York (Open Streets, ampliado tras la pandemia) habilitan calles para el juego libre y la recreación; Barcelona integra el juego en su planificación urbana con Ciutat Jugable; y Bogotá fue pionera con su ciclovía dominical. En el plano comunitario, el movimiento Smartphone Free Childhood, surgido en el Reino Unido en 2024 y presente en 32 países, promueve pactos entre familias para retrasar el smartphone hasta los 14 años, mientras Manos Libres impulsa aplazar el celular hasta los 14 y las redes hasta los 16. Y en la vía regulatoria, Australia se convirtió en diciembre de 2025 en el primer país en prohibir el acceso a redes sociales a menores de 16 años.

El teléfono fuera del aula, y una calle que valga la pena al salir de ella. Y capacitación para madres y padres, porque no es justo pedirles que compitan a mano limpia contra la empresa más rentable de la historia sin darles una sola herramienta.

Al final, la pregunta no es sobre pantallas ni sobre glorietas: es sobre qué queremos que sean nuestros hijos. Cada calle que no abrimos, cada parque que dejamos con candado, cada tarde que resolvemos con un dispositivo en sus manos, es una respuesta silenciosa a esa pregunta. Podemos seguir formando consumidores perfectos —dóciles, entretenidos, medidos por cuánto compran y cuánto miran— o podemos decidir formar creadores: niños que reparen, que inventen, que discutan, que construyan la ciudad en lugar de solo habitarla. Los primeros heredarán un futuro diseñado por otros. Los segundos lo diseñarán. Y esa diferencia no se juega en Silicon Valley ni en el Congreso: se juega en la banqueta de enfrente, en el torneo, en el comedor, en el aula, en la decisión cotidiana de devolverle a la infancia el derecho a crear su propio mundo. La Ciudad Pendiente es, al fin, esa elección: la que aún estamos a tiempo de hacer, antes de que una generación entera olvide que nació para crear y no solo para consumir.

Columna por:
Arq. Eloy Quintal Jiménez
Urbanismo l La Ciudad Pendiente

Share

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *